Querido Padre Celestial,

Alabanza

Nahúm dijo: “Dios celoso y vengador es el Señor; Vengador es el Señor e irascible. El Señor se venga de Sus adversarios, y guarda rencor a Sus enemigos. El Señor es lento para la ira y grande en poder, y ciertamente el Señor no dejará sin castigo al culpable” (Nah 1:2–3a). Hoy Te alabo por Tu ira en contra del pecado y por Tu castigo para los malvados no arrepentidos. Los que levantan los puños con ira contra Ti y escupen sobre la sangre de Tu Hijo precioso experimentarán el furor de Tu ira santa. ¡Aleluya!

Hoy en Tu Palabra

Hoy me dijiste sobre el reinado de Manasés y la profecía de Nahúm en contra de la ciudad asiria de Níneve. Manasés subió al trono cuando tenía 22 años, y rápidamente se hizo el rey más terrible en la historia de Judá. Su maldad era tan grande (aún mayor que la de los amorreos que vivieron antes de él) que Tú impusiste una sentencia irrevocable de ruina sobre Jerusalén y Judá. Ni siquiera el rey santo Josías, el nieto de Manasés, podía prevenir la calamidad que venía—sus acciones solo demoraron Tu juicio (v. 2 R 24:3–4; Jer 15:4). Esto me enseña que hay un límite a Tu paciencia con el pecado. Así como los amorreos llenaron su “copa de iniquidad”, y entonces sufrieron bajo Tu castigo, así ahora estás midiendo el nivel de maldad en mi nación, y algún día dirás: “¡Basta de pecados!” Ayúdame a ser parte de aquellos que “levantan un muro y se ponen de pie en la brecha” para que se demore Tu ira (Ez 22:30). Durante el reinado sangriento de Manasés, Nahúm de Elcos profetizó en contra de Níneve. El arrepentimiento que había seguido a la profecía de Jonás era parte de un pasado lejano, y en los días de Nahúm, la ciudad fue la capital del imperio poderoso de los asirios. Judá estaba firmemente en su mano de hierro, y Asurbanipal hizo que Manasés le ayudara en su conquista de Egipto (v. el saqueo de Tebas en Nah 3:8–10). No por casualidad inspiraste a Nahúm que escribiera sobre la caída de Níneve cuando el poder y el dominio de Asiria estaban en lo más alto. Habías usado a Asiria para castigar y para disciplinar a Tu pueblo, y la destrucción que Isaías había previsto ahora se acercaba (Is 10:5–12). En solo muy pocas décadas, la ciudad sería destruida por los babilonios—“allí te consumirá el fuego, te destruirá la espada” (Nah 3:15). Esto me enseña que todas las naciones deben rendir cuentas por sus acciones delante de Ti, e incluso cuando las usas para realizar Tu plan, no escaparán sin castigo por su pecado. Aunque su poder parezca invencible, no pueden resistir el furor de Tu ira. Confío en Ti, Padre, ¡y me glorío en el hecho de que entiendo y conozco al Señor que hace misericordia y justicia (Jer 9:23–26)!

Reflexión

Nadie puede pecar y escapar de las consecuencias—si endurezco mi corazón contra Ti y si adoro a otros dioses, nada me queda “sino cierta horrenda expectación de juicio, y la furia de un fuego que ha de consumir a los adversarios” (He 10:27).

Petición

Padre, ¡que yo nunca sea nombrado entre los malvados! ¡No me dejes andar en consejo de malos, ni estar en camino de pecadores, ni sentarme en silla de escarnecedores! Que en Tu ley esté mi delicia para siempre, y que yo medite en Tu ley de día y de noche.

Agradecimiento

Gracias por recordarme de la inminencia de Tu juicio sobre los malvados. Si escucho las palabras de Nahúm, ¡mi corazón se aferrará a Ti por amor y mis pies permanecerán en el camino angosto!

En el nombre de Jesucristo, Amén.

Versículo de Meditación: Nahúm 1:7.